Durante más de una década, Puebla fue víctima de un abandono sistemático en su infraestructura vial. No es exageración. Los baches se convirtieron en el paisaje natural de la ciudad, y el pavimento en buen estado, en una especie en peligro de extinción. La pregunta que aún flota en el aire —y que muchos ciudadanos se hacen al pasar por una avenida destruida— es: ¿qué hicieron realmente con tanto dinero los gobiernos municipales anteriores?
Porque hay que decirlo con claridad. Durante dos trienios panistas y uno morenista, el deterioro avanzó sin freno. Eduardo Rivera, en su primera gestión, prometió una supuesta “pavimentación de mil calles”, una cifra que en su momento sonó ambiciosa, pero que hoy no se refleja en ninguna parte. No hubo planeación integral, ni mantenimiento programado, ni resultados tangibles. Luego llegó Claudia Rivera Vivanco, quien tampoco logró revertir la descomposición: su administración se conformó con tapar baches, literalmente, con parches de asfalto y discursos reciclados.
Y cuando Rivera Pérez volvió al cargo, el patrón se repitió. Su segundo mandato —que no concluyó, porque prefirió lanzarse a la aventura de buscar la gubernatura— dejó otra vez a la capital empantanada. Se fue perdiendo no solo la elección, sino la credibilidad, arrastrando a su suplente Adán Domínguez, quien simplemente no pudo con el paquete. Puebla quedó a medio camino, sin rumbo claro y con la infraestructura colapsada.
El cambio de ritmo
Hoy, el contraste es evidente. En apenas un año, el gobierno de Alejandro Armenta ha gestionado recursos equivalentes a lo que se invertía en dos sexenios completos. Y lo más importante: se están viendo los resultados. Con apoyo de Pemex y en coordinación con el alcalde Pepe Chedraui, se avanza en la rehabilitación de más de 20 vialidades estratégicas, entre ellas la 24 Sur, una de las más dañadas y transitadas de la capital.
Las cifras son contundentes: más de 11 kilómetros intervenidos, obras equivalentes a 233 calles completas, y beneficios directos para casi 200 mil habitantes. Pero más allá del número, hay una diferencia de fondo: se está haciendo trabajo de base, no de maquillaje.
El costo de las obras (y de la memoria)
Es cierto que las obras incomodan. Nadie disfruta los desvíos, el ruido o la maquinaria detenida. Pero es necesario recordar —como alguna vez lo dijo el gobernador Gonzalo Bautista O’Farril en los años 70, cuando modernizó los primeros bulevares de Puebla— que “las obras no se hacen para el aplauso inmediato, sino para el bienestar duradero”.
Cada gobierno ha tenido su oportunidad. Algunos la desperdiciaron con propaganda o cálculo político. Otros, como ahora, parecen decididos a saldar una deuda histórica con la ciudad. Y eso, en estos tiempos de desconfianza y cansancio ciudadano, vale más que cualquier promesa de campaña.
Porque mientras otros se dedicaron a tapar huecos —literal y figuradamente—, el actual gobierno está reconstruyendo las calles, la confianza y la idea misma de que Puebla puede volver a ser una ciudad que camine sobre suelo firme.




