¿Con qué cara viene hoy Eduardo Rivera Pérez a hablar de democracia? El mismo exalcalde de Puebla que hace apenas unos meses encabezó una derrota tan estrepitosa que dejó al PAN y al PRI reducidos a meras comparsas en el Estado. El mismo que, con la soberbia de los que se creen eternos, repartió candidaturas como si fueran estampitas de primera comunión. Y ahora resulta que el gran demócrata en desgracia quiere salvar al país de la reforma electoral de Claudia Sheinbaum.
En un tuit, Rivera se indigna con solemnidad casi teatral: acusa al gobierno de querer elegir a los árbitros por voto popular, eliminar plurinominales y dar voz sin voto a los opositores. Pero la verdad es que el único árbitro que extraña es ese que siempre pitó a favor suyo y de su grupo. Y el único espacio que defiende con tanta vehemencia es el de las diputaciones plurinominales: esa puerta trasera por la que su esposa, Liliana Ortiz, entró a San Lázaro sin que un solo ciudadano hubiera marcado su nombre en la boleta.
Eduardo Rivera no solo perdió la elección frente a Alejandro Armenta: perdió el control de su partido, perdió legitimidad y, sobre todo, perdió el respeto de muchos panistas que quedaron fuera gracias a sus designios. Hoy esos cuadros desplazados brillan por cuenta propia, construyendo liderazgos sin necesidad de un PAN secuestrado por la vieja guardia yunquista. Qué ironía: los que Rivera dejó afuera son hoy los que están vivos políticamente.
Mientras tanto, su grupo —ese que presumía pureza ideológica— terminó reducido a un club de pluris y concesiones familiares. El “triste final de los yunquistas” no llegó con un golpe externo, sino con la soberbia de haber confundido las candidaturas con un patrimonio familiar.
Habla Rivera de que “la democracia no es un lujo, es tu derecho”. Correcto. Pero, ¿qué hizo él con ese derecho cuando tuvo el poder? Lo usó para colocar a los suyos, para administrar derrotas y para proteger su pequeño coto de poder. La democracia que hoy defiende es la misma que ayer convirtió en negocio interno: plurinominales a modo, candidaturas a dedo y un electorado cada vez más decepcionado.
Rivera se aferra a los plurinominales como quien se aferra a un salvavidas después del naufragio. Pero la verdad es que ese barco ya se hundió. Su legado no es el de un líder democrático, sino el de un político que perdió la capital, perdió el Estado y acabó enterrando a su propio partido en Puebla.
Y lo más irónico: mientras él llora por las pluris, otros —a los que despreció y bloqueó— construyen futuro sin necesidad de cuotas ni de listas mágicas. Al final, quizá la democracia se defiende mejor sin Rivera y sin sus plurinominales.




