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- Mirada Crítica

Las factureras no nacieron ayer

En los pueblos no se necesitan auditorías para saber cuándo algo huele mal. Basta con ver la obra, pisar el terreno y preguntar cuánto costó. Por eso nadie se sorprendió cuando, años después, salió a flote lo que muchos ya sabían: las factureras no nacieron con este gobierno, vienen de atrás, bien apadrinadas y mejor […]

Columna-Rita-Sánchez

En los pueblos no se necesitan auditorías para saber cuándo algo huele mal. Basta con ver la obra, pisar el terreno y preguntar cuánto costó. Por eso nadie se sorprendió cuando, años después, salió a flote lo que muchos ya sabían: las factureras no nacieron con este gobierno, vienen de atrás, bien apadrinadas y mejor protegidas.

Se pusieron de moda en los años en que gobernó el PAN, desde Felipe Calderón en la Presidencia hasta Rafael Moreno Valle en Puebla. Ahí fue cuando aprendimos que una obra podía costar el triple en el papel y la mitad en la realidad. Que un camino mal hecho podía llamarse “proyecto estratégico”. Que una barda mal colada podía venderse como “megaobra”.

¿El truco? Comprar facturas.
Facturas para inflar costos.
Facturas para justificar lo que no se hizo.
Facturas para que todo cuadrara… aunque nada funcionara.

Y lo más grave no era que existieran las factureras, sino que pasaban sin problema por la Auditoría Superior del Estado. Entraban los documentos, salían los dictámenes y nadie veía nada raro. Todo “en orden”. Sin sanciones. Sin responsables. Sin consecuencias. Como si la auditoría fuera ventanilla, no contrapeso.

En los pasillos se habló durante años de expedientes que se perdieron, de traslados de papelería que nunca llegaron a destino, de cajas completas que se esfumaron. Nadie señaló con nombre y apellido —y hoy es mejor no hacerlo sin pruebas—, pero el mensaje fue claro: cuando la corrupción es sistémica, siempre encuentra cómo borrar huellas.

Mientras tanto, los pueblos seguían con caminos cuarteados, hospitales a medias y escuelas sin terminar. Eso sí, en los informes todo brillaba.

Hoy el escenario empieza a cambiar. El Servicio de Administración Tributaria anunció que en 2026 endurecerá la lucha contra las factureras, ya no como falta administrativa, sino como delito serio. Sellos digitales cancelados, domicilios fiscales verificados y lupa directa sobre operaciones inexistentes.

No es poca cosa. Porque las factureras no son solo evasión fiscal:
son corrupción maquillada,
son dinero público disfrazado,
son obras fantasma con factura real.

En el pueblo lo decimos fácil: el que nada debe, nada teme. Y por eso ahora hay nervios en quienes durante años vivieron del papel timbrado sin sustancia. Porque esta vez la revisión no es de escritorio, es de fondo.

La pregunta no es si existieron las factureras —eso ya lo sabíamos—.
La pregunta es si ahora sí se va a llegar hasta donde truene, caiga quien caiga, aunque los apellidos sean conocidos y los recuerdos incómodos.

Porque en los pueblos la memoria no se pierde.
Y la factura, tarde o temprano, siempre se cobra.

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