El primer año de gobierno de Alejandro Armenta dejó un mensaje claro hacia dentro del gabinete y hacia fuera, a la ciudadanía: hay avances, sí, pero el segundo tramo del sexenio no admite inercias ni zonas de confort. Gobernar es corregir a tiempo.
La reciente reunión del mandatario con secretarias, secretarios y servidores públicos fue algo más que un ejercicio de evaluación interna. Fue una señal política. Armenta reconoció resultados, pero también pidió redoblar el paso bajo tres principios que hoy funcionan como línea de flotación del proyecto: no robar, no mentir y no traicionar. No son consignas nuevas; son compromisos que, en el segundo año, se vuelven medibles.
El contexto no es menor. Puebla forma parte del llamado segundo piso de la Cuarta Transformación que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum, y eso implica elevar estándares. Ya no basta con arrancar programas o anunciar políticas públicas: ahora toca demostrar impacto, cercanía y eficacia.
En seguridad, deporte, infraestructura carretera y apoyo al campo hay rutas trazadas y resultados visibles. Son áreas donde el gobierno estatal ha logrado articular discurso, presupuesto y operación. Sin embargo, también hay áreas de oportunidad que la sociedad ha señalado con claridad: dependencias y direcciones cuyo desempeño no ha sido el esperado, procesos que requieren mayor coordinación y decisiones que deben aterrizarse mejor en territorio.
Aquí está el punto fino. La autocrítica institucional no es debilidad; es madurez. Y el llamado del gobernador va justo en ese sentido: se necesitan funcionarias y funcionarios con vocación, oficio y amor por Puebla, pero también con capacidad de corregir y escuchar. El segundo año es, históricamente, el momento en que los gobiernos se definen.
El propio coordinador de gabinete, José Luis García Parra, lo sintetizó al hablar de los tres ejes que sostienen a la administración: seguridad, justicia y riqueza comunitaria. Conceptos que suenan bien, pero que exigen resultados tangibles para que no se queden en el terreno de la narrativa.
Desde la Secretaría de Gobernación, Samuel Aguilar Pala ha destacado la cercanía del gobernador con la ciudadanía. Esa cercanía, hoy, debe traducirse en ajustes finos dentro del propio gobierno. Escuchar afuera implica, inevitablemente, corregir adentro.
Hay razones para ser optimistas. El primer año sentó bases, ordenó prioridades y marcó rumbo. El segundo, sin embargo, será el de la ejecución quirúrgica: menos discurso, más resultados; menos tolerancia a fallas, más eficiencia. Si el gabinete entiende el mensaje, Puebla puede —y debe— cerrar este tramo con mejores evaluaciones y mayor confianza social.
Porque gobernar bien no es hacerlo perfecto desde el inicio, sino saber mejorar cuando aún hay tiempo.




