Hay lugares donde el progreso se topa con pared. No por falta de recursos, ni de voluntad política, sino por una mezcla peligrosa de desconfianza, manipulación y terquedad colectiva. San Miguel Xoxtla es hoy un ejemplo de ello.
Durante la madrugada del sábado, maquinaria pesada llegó al Parque Pavigi para iniciar la perforación de un pozo que —por increíble que parezca— abastecería de agua al 50% del municipio que hoy carece de ella. El proyecto, gestionado por la presidenta municipal Guadalupe Ortiz y financiado con 16 millones de pesos del Gobierno del Estado, prometía poner fin a una carencia histórica. Pero, claro, no contaban con el factor que más caro le cuesta a México: la desinformación convertida en bandera social.
Un grupo de vecinos, alentados por quienes han hecho negocio con el agua desde hace años, salió a oponerse a la obra. No con argumentos técnicos, ni con datos, sino con el viejo discurso del “nos quieren quitar lo nuestro”. Lo cierto es que lo “suyo” es la cuota que cobran por administrar el agua como si fuera patrimonio privado, no el bienestar colectivo.
Ya lo hemos visto antes: la falsa defensa del agua se ha convertido en una cortina de humo para tapar intereses personales. Los mismos que durante décadas no hicieron nada por garantizar el abasto, hoy se colocan como héroes comunitarios. Y lo hacen con una eficacia política admirable: confundir, dividir y capitalizar la frustración de la gente.
Pero la historia no perdona. Cuando dentro de algunos años el agua vuelva a escasear en San Miguel Xoxtla, será necesario recordar quiénes detuvieron la obra que pudo cambiarlo todo: un Renato N., un Pascual Vásquez y esa minoría ruidosa que confunde rebeldía con razón.
Mientras tanto, Guadalupe Ortiz gobierna en terreno minado, con una mezcla de avances y sabotajes que retrata bien la realidad rural poblana: líderes locales que se creen dueños del pueblo y una población cansada, pero aún rehén de sus viejos patrones.
Xoxtla pudo haber sido ejemplo de colaboración entre comunidad y gobierno. En cambio, quedará como una lección amarga de cómo la desconfianza puede secar hasta el futuro. Porque hay quienes simplemente no entienden que no entienden.




