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- Mirada Crítica

El dedo que truena y la lengua que apedrea

El dedo que truena molesta. La lengua que insulta, parece que no. Este jueves, bastó un gesto del gobernador Alejandro Armenta —un chasquido de dedos dirigido a su secretaria de Desarrollo Turístico, Carla López Malo— para que se desatara una tormenta mediática. En ese gesto, algunos vieron autoritarismo, otros violencia simbólica y no faltaron quienes […]

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El dedo que truena molesta. La lengua que insulta, parece que no.

Este jueves, bastó un gesto del gobernador Alejandro Armenta —un chasquido de dedos dirigido a su secretaria de Desarrollo Turístico, Carla López Malo— para que se desatara una tormenta mediática. En ese gesto, algunos vieron autoritarismo, otros violencia simbólica y no faltaron quienes se colgaron del término “micromachismo” como si fuera una piñata nueva.

Lo curioso es que la aludida, Carla, respondió con una sonrisa y una invitación junto con su jefe a comer chiles en nogada. “Ven a Puebla ya”, escribió en Instagram, acompañando su post con el mismo gesto de dedos, como quien le resta drama a un episodio que otros quisieron inflar como si se tratara de una agresión directa.

¿Y entonces? ¿Qué molesta más: que una mujer no se sienta agredida o que no se preste al espectáculo de la victimización?

Porque aquí es donde vale la pena detenerse. Quienes alzaron la voz para acusar al gobernador —ojo: no para defender a Carla, sino para lanzarse contra un político con quien tienen diferencias— son los mismos que guardaron un silencio cómodo cuando a la secretaria de Turismo la llamaron en redes servil, muñeca decorativa, y otras cosas obsenas que no pienso repetir.

Palabras cargadas de veneno, vertidas desde cuentas anónimas o con nombre y apellido, con saña y sin pudor.

Ahí sí nadie dijo nada. Ni los paladines del feminismo editorial, ni las voceras del buen decir, ni las colectivas digitales.

Cuando se trató de denigrar a una mujer por su forma de vestir, por su tono de voz, por su cercanía con el poder, el linchamiento fue masivo y aplaudido. Y la defensa, nula.

¿De qué estamos hablando entonces? ¿De violencia simbólica o de hipocresía estructural?

El chasquido de dedos fue eso: un gesto que puede o no gustar, que se puede debatir y matizar.

Pero los insultos contra una funcionaria pública, solo por el hecho de ser mujer y estar en una posición de poder, son violencia, y de la más cobarde: la digital, la anónima, la que hiere sin dar la cara.

La doble moral se nota cuando se grita por lo que no incomoda, y se calla ante lo que sí debería indignar.

No se puede defender a unas y apedrear a otras según convenga la narrativa. Si vamos a hablar de respeto, que sea para todas.

Si vamos a denunciar la violencia, que sea sin filtros de simpatía política ni de estereotipo.

Porque el dedo que truena puede ser ruido.

Pero la lengua que apedrea, eso sí que es violencia.

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